CUANDO EL TERRITORIO TAMBIÉN APRENDE A CONTARSE

Hay momentos en los que una cámara deja de ser un instrumento para registrar imágenes y se convierte en una herramienta para descubrir historias, escuchar voces y comprender lo que sucede en un territorio.

Detrás de una actividad cultural, de un espacio transformado o de una jornada comunitaria hay algo más que una imagen. Hay personas, experiencias, conocimientos y expectativas que, muchas veces, no alcanzan a conocerse fuera del lugar donde ocurren.

Es allí donde la comunicación comunitaria adquiere sentido: cuando deja de limitarse a mostrar lo que sucede y comienza a ayudar a comprender por qué sucede, quiénes lo hacen posible y qué significa para quienes lo viven.

La experiencia de Julio Rozo Garzón, comunicador social y periodista, especialista en Producción Multimedia y magíster en Periodismo Comunitario, nos acerca a esta dimensión de Barrios Vivos en Rafael Uribe Uribe, Bogotá. Su trabajo audiovisual permite observar el territorio desde una perspectiva que reconoce a las personas como protagonistas de los procesos de participación y a sus historias como parte de la memoria colectiva.

Porque un barrio no se construye solamente con obras, actividades o intervenciones. También se construye con las relaciones que nacen entre sus habitantes, las ideas que encuentran espacios para desarrollarse y las experiencias que merecen ser recordadas.

Una cámara que descubre lo que hay detrás de cada historia

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En 2024, Julio Rozo dirigió una producción audiovisual de aproximadamente 15 minutos sobre la experiencia de Barrios Vivos en la localidad. El propósito no era simplemente reunir imágenes de las actividades realizadas, sino ofrecer una mirada sobre lo que estaba ocurriendo detrás de ellas.

En ese recorrido aparecieron espacios, personas, emprendimientos, expresiones culturales y procesos comunitarios. Cada uno tenía una historia propia, pero, al observarlos en conjunto, surgía una perspectiva más amplia: la de una comunidad que encuentra oportunidades para participar, proponer y contribuir a la transformación de su entorno.

Lo que podía parecer una suma de pequeñas experiencias comenzaba a revelar una construcción colectiva.

Un emprendimiento representa mucho más que una actividad económica. Una expresión artística puede comunicar la identidad de un territorio. Un espacio recuperado puede convertirse en punto de encuentro. Y una jornada comunitaria puede abrir oportunidades para que personas con diferentes experiencias e intereses trabajen alrededor de propósitos compartidos.

Estas posibilidades no deben darse por sentadas. Necesitan ser observadas, documentadas y comprendidas desde la realidad de quienes participan.

La narrativa audiovisual puede contribuir a ese propósito: mostrar los acontecimientos, conectar sus protagonistas y ayudar al público a reconocer el valor social que puede existir detrás de una experiencia territorial.

Barrios Vivos: un laboratorio para encontrarse y construir

WhatsApp-Image-2025-09-03-at-6.18.33-AM-1024x461 CUANDO EL TERRITORIO TAMBIÉN APRENDE A CONTARSE

Barrios Vivos introduce una forma de aproximarse al territorio mediante laboratorios y procesos de cocreación. Su importancia está en abrir espacios para que las comunidades conversen, compartan conocimientos, formulen propuestas y participen en la construcción de iniciativas colectivas.

No se trata únicamente de llegar con una solución previamente diseñada. También se trata de reconocer que en los barrios existen conocimientos y experiencias que pueden aportar a la comprensión de sus necesidades y oportunidades.

Ese conocimiento está en quien lleva años viviendo en el sector y conserva su memoria; en el joven que propone nuevas maneras de hacer las cosas; en el emprendedor que conoce las dificultades de su actividad; en el artista que encuentra en la cultura una forma de expresión, y en el líder comunitario que ha acompañado las transformaciones de su entorno.

Cada persona observa la realidad desde una experiencia diferente.

La cocreación permite poner esas miradas en diálogo y explorar posibilidades de trabajo conjunto. Para que ese encuentro produzca resultados, son importantes la escucha, el respeto por las diferencias y la capacidad de construir acuerdos.

En este escenario, la comunicación cumple una función complementaria: ayuda a identificar las experiencias, registrar los aprendizajes y compartir las historias que nacen de la participación.

Así, lo que sucede en un laboratorio puede trascender el espacio del encuentro y convertirse en una referencia para otras personas interesadas en conocer cómo se construyen iniciativas comunitarias.

Mirar más allá de la transformación física

Entre las experiencias documentadas durante el proceso se encuentra la transformación de espacios como el Mirador de la Resurrección.

Una mirada centrada exclusivamente en lo visible podría detenerse en el embellecimiento del lugar o en los cambios de su apariencia. Sin embargo, una perspectiva comunitaria invita a ir más allá y formular preguntas que permitan comprender la dimensión social de la experiencia.

¿Quiénes participaron? ¿Qué aportaron? ¿Qué significó para ellos intervenir ese espacio? ¿Qué relaciones se construyeron durante el proceso? ¿Qué aprendizajes quedaron después de las actividades?

Las respuestas a estas preguntas permiten comprender que la transformación territorial no se reduce a modificar un lugar. También puede involucrar nuevas formas de relacionarse con él, reconocerlo y participar en su cuidado.

El aviso comunitario, los talleres, los emprendimientos y las actividades culturales formaron parte del proceso descrito en el registro audiovisual. Cada elemento ofrece una oportunidad para observar cómo distintas expresiones de la vida comunitaria pueden encontrarse en una experiencia compartida.

El territorio deja entonces de ser solamente el escenario donde ocurren las actividades y adquiere un lugar central en la narración.

La comunicación contribuye a hacer visible esa dimensión, siempre que vaya más allá de la imagen y busque comprender el contexto, las voces y los significados de aquello que registra.

El lenguaje de la imagen: contar sin borrar las voces

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La fotografía, las narrativas audiovisuales, la producción multimedia y el marketing digital forman parte de las herramientas profesionales de Julio Rozo.

Pero el uso de estas herramientas en procesos comunitarios plantea una responsabilidad que va más allá de la técnica. No basta con conseguir una buena imagen, realizar una edición atractiva o producir un video de calidad. También es necesario representar las experiencias con rigor y respeto.

Una imagen documenta un instante. El sonido conserva una voz. La entrevista permite conocer una experiencia desde la perspectiva de su protagonista. La edición relaciona diferentes momentos y puede ayudar al público a comprender el desarrollo de una historia.

Cuando estos recursos se utilizan de manera responsable, una producción audiovisual puede acercar la realidad de un barrio a personas que nunca han estado allí. Puede mostrar sus iniciativas, dar visibilidad a sus protagonistas y ofrecer elementos para comprender sus procesos.

Sin embargo, ninguna cámara registra por sí sola la totalidad de una experiencia. Toda producción implica decisiones sobre qué mostrar, a quién escuchar y cómo organizar lo registrado. Por eso, la calidad de la comunicación comunitaria también depende de la contextualización, la verificación y el respeto por las personas que participan.

Su propósito no debería ser hablar en nombre de la comunidad, sino contribuir a que sus voces sean escuchadas sin desvirtuar lo que desean expresar.

Allí reside una parte esencial de su responsabilidad social: convertir las herramientas de comunicación en medios para informar, educar, preservar la memoria y facilitar el entendimiento entre diferentes actores.

Cuando termina el evento, comienza el trabajo de la memoria

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El proceso documentado por Julio tuvo un cierre cultural que reunió una feria de emprendimiento, danza, circo, cuentería y acrobacia.

La jornada ofreció una oportunidad para mostrar públicamente distintas expresiones del trabajo desarrollado y propiciar un encuentro alrededor de la cultura y las iniciativas comunitarias.

Pero los acontecimientos tienen una característica inevitable: terminan.

La música deja de sonar, los artistas regresan a sus actividades y los emprendimientos desmontan sus espacios. Las personas vuelven a sus rutinas y la experiencia comienza a formar parte de sus recuerdos.

Es entonces cuando el registro audiovisual adquiere otro significado.

Las imágenes, los sonidos y los testimonios permiten volver sobre lo ocurrido. Ayudan a recordar a quienes participaron, reconocer las actividades desarrolladas y reconstruir una parte de la historia del proceso.

También pueden servir como material de consulta para quienes deseen conocer la experiencia posteriormente, comprender sus características o identificar aprendizajes que puedan resultar útiles en otros contextos.

Documentar no significa que una cámara pueda conservarlo todo ni que un video sustituya la memoria de sus protagonistas. Significa crear un registro que contribuya a mantener disponibles algunos elementos de una experiencia colectiva.

La memoria comunitaria necesita de las personas, de sus relatos y de los espacios donde esas historias puedan circular. La comunicación puede ayudar a conectar esos elementos y evitar que las experiencias queden reducidas al recuerdo de quienes estuvieron presentes.

El hito dentro del hito

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En la investigación periodística de la Revista ABC de la Salud hemos denominado esta perspectiva «El hito dentro del hito».

El primer hito está relacionado con la transformación territorial: las iniciativas, los encuentros, las intervenciones y las actividades que toman forma en el barrio.

El segundo se encuentra en aquello que no siempre es visible a primera vista: la participación, el diálogo, los aprendizajes, las relaciones construidas y la posibilidad de que las personas se reconozcan como parte activa de los cambios.

Pero existe una dimensión adicional que permite prolongar el significado de estas experiencias: la memoria.

Una transformación que no se documenta puede perder parte de su historia. Una experiencia que se analiza y se comparte puede convertirse en aprendizaje. Una historia que circula puede despertar nuevas preguntas, propiciar conversaciones e inspirar otras iniciativas.

Desde esta perspectiva, la comunicación no debería entenderse únicamente como una actividad que aparece al final de un proyecto para mostrar sus resultados. Puede acompañar el proceso desde sus primeras etapas, registrar sus avances, escuchar a sus participantes y contribuir a que los aprendizajes sean conocidos por la comunidad.

La idea de «El hito dentro del hito» nos invita a observar dos dimensiones complementarias: lo que cambia en el territorio y lo que cambia, se aprende o se construye en las personas que participan.

La comunicación ayuda a relacionar ambas dimensiones y a convertirlas en parte de una memoria que puede ser compartida.

El comunicador como puente entre la comunidad y las instituciones

El trabajo de un comunicador comunitario y alternativo exige sensibilidad, conocimiento del contexto y responsabilidad frente a la información que comparte.

Escuchar, observar, preguntar y verificar son tareas fundamentales para construir una narración que represente los acontecimientos sin simplificarlos ni convertirlos en una historia ajena a sus protagonistas.

En los procesos territoriales, el comunicador puede contribuir a crear puentes entre la comunidad y quienes desconocen sus realidades; entre las experiencias cotidianas y la memoria colectiva; entre las iniciativas locales y otras comunidades que pueden encontrar en ellas aprendizajes.

También puede facilitar el diálogo entre la ciudadanía y las instituciones, siempre que la comunicación permita comprender los distintos puntos de vista, dé espacio a las voces involucradas y mantenga una mirada crítica e independiente.

Ese papel resulta especialmente importante en los procesos de participación ciudadana. Las comunidades necesitan oportunidades para expresar sus ideas, dar a conocer sus iniciativas y comprender las decisiones que afectan sus territorios.

La comunicación no sustituye la participación ni garantiza por sí sola la transformación social. Su aporte consiste en documentar, informar, conectar experiencias y ofrecer herramientas para que la ciudadanía conozca mejor los procesos en los que participa.

Cuando se ejerce con rigor, puede ayudar a que las historias locales dejen de permanecer aisladas y entren en conversación con otros sectores de la sociedad.

¿Qué queda cuando termina el proyecto?

Toda experiencia territorial debería dejar abierta una pregunta: ¿qué permanece cuando terminan las actividades?

La respuesta no puede limitarse al número de jornadas realizadas, a las intervenciones físicas o a los resultados inmediatos. También es importante examinar los aprendizajes, las capacidades desarrolladas, las relaciones construidas y las posibilidades de continuidad que encuentran las iniciativas comunitarias.

Estas dimensiones requieren seguimiento y evaluación. No basta con registrar una actividad para afirmar que produjo cambios duraderos; es necesario escuchar a sus protagonistas y observar qué ocurrió después.

Sin embargo, contar con documentación organizada puede facilitar esa reflexión. Los registros audiovisuales ayudan a recuperar momentos, reconocer participantes y reconstruir aspectos de lo sucedido. También pueden convertirse en insumos para la evaluación, la formación y la memoria institucional y comunitaria.

El trabajo de Julio Rozo permite incorporar esta mirada al relato de Barrios Vivos: la transformación no solamente se realiza; también necesita observarse, interpretarse, documentarse y compartirse.

De esta manera, la comunicación puede contribuir a que las experiencias no desaparezcan cuando concluyen las actividades y a que los aprendizajes permanezcan disponibles para futuras conversaciones y procesos.

Julio Rozo: cuando el periodismo también es una manera de enseñar y servir

Toda crónica llega a un momento en el que es necesario detenerse y reconocer a quienes hicieron posible acercarnos a una historia.

Desde la Revista ABC de la Salud, este recorrido por Barrios Vivos también es una oportunidad para reconocer a Julio Rozo Garzón por su participación en el proceso audiovisual y por su trayectoria en los campos de la comunicación, el periodismo y la enseñanza.

Su perfil profesional invita a reflexionar sobre una dimensión del oficio que va más allá de producir contenidos: la responsabilidad de ayudar a comprender la realidad y poner el conocimiento al alcance de otras personas.

En la enseñanza, comunicar significa compartir conocimientos, despertar preguntas y contribuir a formar criterio. En el periodismo, implica escuchar, observar, investigar y ofrecer información contextualizada para que el público pueda construir su propia comprensión de los acontecimientos.

Ambas labores encuentran un punto de encuentro en la posibilidad de acercar a las personas al conocimiento y promover una mirada más consciente sobre su entorno.

Por eso, este reconocimiento no pretende cerrar la historia de Julio ni agotar la conversación sobre su experiencia. Al contrario, deja abierta la posibilidad de conocer más adelante al periodista detrás de la producción audiovisual, al profesor detrás de las enseñanzas y al ser humano que ha encontrado en la comunicación una forma de aportar a la sociedad.

Desde estas páginas, agradecemos la oportunidad de acercarnos a una parte de su trabajo y de reconocer el valor de contar las experiencias que nacen en nuestros territorios.

Una historia que continúa

En Rafael Uribe Uribe, Barrios Vivos ofrece un escenario para observar cómo las ideas pueden encontrar espacios de desarrollo, cómo el diálogo puede acercar distintas experiencias y cómo la cocreación puede contribuir a construir iniciativas colectivas.

La comunicación acompaña ese recorrido cuando registra lo sucedido, identifica a sus protagonistas y comparte los aprendizajes que deja el proceso.

Una cámara puede conservar imágenes de un momento, pero la historia es mucho más amplia. Pertenece a quienes participaron, a quienes aportaron sus conocimientos y a quienes continúan construyendo la vida cotidiana del barrio.

Por eso, uno de los aportes más importantes de la comunicación comunitaria consiste en ayudar a que las personas se reconozcan en las historias que se cuentan sobre ellas. No como simples espectadores de una transformación, sino como protagonistas de una experiencia que también les pertenece.

Quizá ese sea el sentido más profundo de «El hito dentro del hito»: comprender que un territorio no solo cambia por lo que se construye en él, sino también por lo que sus habitantes aprenden, recuerdan y comparten.

Cuando una comunidad participa en la transformación de su entorno y encuentra herramientas para narrar sus experiencias, la comunicación deja de ser el último paso del proceso.

Se convierte en una oportunidad para preservar la memoria, compartir conocimientos y abrir nuevas conversaciones sobre el futuro del territorio.

Porque cuando una comunidad aprende a contar su propia historia, también fortalece la posibilidad de reconocerse, participar y construir colectivamente su futuro.

Revista ABC de la Salud

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